A la izquierda, a la derecha, cuando cruce, mire bien.
Mire bien, padre, que tengo miedo de los coches,
de las brujas malas que se esconden en las farolas,
de los chopos leporinos que parecen suaves remansos de pintores.
Tenga cuidado al cruzar no venga una bici loca
y le lleve la sucinta memoria que destartala el mapa
de los recuerdos, de los poquitos recuerdos…ya.
Es su manía de mirar fijo ahí y querer llegar allá,
sin extender su atención a otras cosas, veredas y límites,
es lo que me da terror y no duermo, cuando le miro
al trasluz de la mampara del salón, y me parece
que hace las cosas y se mueve como cuando niño,
sin saber que detrás de lo que se hace puede así,
sencillamente, no haber otra cosa que el abismo;
pueden surgir de repente amapolas desvencijadas
en un mal golpe y ya no más…no más padre.
Ese miedo ha tomado ya nido en mis bolsillos
y no se me va ni cuando le observo
haciendo reptiles desorbitados con los hombros,
o no llega con el tenedor al trozo de tortilla.
Por eso, agárrese, padre, a las vísceras del aire
cuando la calle se meta en sus reflejos sordos ya,
Y si un día el asfalto se le traga la fuercita y el aliento
Llame, llame ¡y grite!. Algún viento bueno me llevará a su vera.
Y allí estaré. Allí.
miércoles 25 de enero de 2012
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