Estoy saliendo de casa.
El ascensor me ve el rostro y la tristeza
y el gesto del agobio en el semblante
y toso cuando doy al Bajo. Y el ascensor me arropa.
Son cuatro paredes. Una de espejo.
Me miro de cuerpo entero. Ya estoy bajando otra vez.
Otro día bajando a la mina donde las personas
parece que regresan siempre.
Parece que tienen en su corazón días de sobra
que latir, y algún complejo sistema de respirar,
a pesar de todo. El ascensor, el ascensor.
Un minuto de abrigo del ascensor…
y de nuevo bautizado. Es el agua bendita
que limpia la herida del alba cuando a diario
me despego de tu cuerpo y en el cuarto de baño
aparece mi cara en otro espejo,
Y me pongo un café mientras tú duermes aún.
Y abro la puerta, gacha la cabeza…
Cierro despacio, no quiero ruidos y el ascensor
me baja y me retrata el pecho duro de buscar y de pedir.
El ascensor intuye que tengo cincuenta y dos años
y que cada día vuelvo a tu regazo
para emplear la derrota en copos de ternura.
miércoles 25 de enero de 2012
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